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Mario Díaz

Es nuestro propósito comentar sobre los grandes boxeadores que dió nuestra provincia, por eso publicamos una nota que en 1952 escribió el periodista Pío García en el semanario Mundo Deportivo sobre Mario Enrique Díaz, un mediano que brillaba por ese entonces y que combatió, entre otros, con Eduardo Lausse, Kid Cachetada. Una pequeña historia de una grande:

-¿Eh jefe! Agarramos una cucaracha.
-¡Otras más? ¿Dónde?.
En el penúltimo vagón. Entre las cajas de huevos.
-¡Maldición, van tres en la última semana! ¿Es grande?
-Más o menos, debe tener 15 o 16 años.
-Supongo que lo habrán fumigado con una buena leñada.
-Ganas no nos faltó jefe, pero ocurre que la cucaracha está media muerta, hace seis días que no come.
-Maldita sea, ¿¿por qué no lo habrá aplastado una rueda?? Quiero verla, ¿dónde está?
-En el galpón, junto a las cajas de huevos.


Van al depósito de la estación ferroviaria de uno de los pueblos suburbanos pegado a la periferia capitalina, a la que acaba de llegar procedente de Cuyo un convoy de 38 vagones cargado hasta el tope de las más diversas mercaderías.

-¡Ahí la tiene!..-agrega el peón del depósito que fue a buscar al jefe señalando a la cucaracha (denominación de los ferroviarios a los polizones).que está devorando medio pan con salame, que otro empleado acaba de darle. Al verle la actitud del jefe cambia de inmediato, tal es el efecto producido por el infeliz que fue sacado medio desvanecido de uno de los vagones.

-¿Cómo te llamas?- pregunta el superior.
-Díaz, ..Mario Enrique Díaz.
-¿Cuántos años tenés?
-Quince.
-¿De dónde venís?
-De Mendoza.
-¿Te busca l policía?
-No.
-Entonces, ¿por qué viniste a Buenos Aires viajando clandestinamente?
-De vergüenza, me corrió la vergüenza…


El muchacho calla y es inútil que lo interroguen más. Ha enmudecido. Creyéndose engañado el jefe vuelve a fastidiarse. Manda a buscar a un vigilante y un cuarto de hora después el polizón está en la comisaría sometido a otro interrogatorio.

-¿De qué trabajas en Mendoza?
-En las viñas…, en las bodegas.
-¿Por qué viniste a Buenos Aires?...Habla, no te empaqués.


El silencio vuelve a sellar los labios del atrapado. El oficial insiste perdiendo la paciencia.

-¿Qué clase de vergüenza es esa que te trajo corrido a Buenos Aires? Hablá porque te conviene. De lo contrario te devolveremos a la Policía de Mendoza.

Fue como si pusiese el dedo en la llaga. Los labios del adolescente se despegaron develando el secreto que lo había lanzado a la terrible aventura.

-Soy boxeador, campeón de Mendoza. Hace seis o siete meses me vine a Buenos Aires dispuesto a ganar el torneo amateur de la Argentina y…

Comienzan a florar los detalles. En ese certamen el mendocino es abatido en la primera pelea. El mundo se le cayò encima. Ademàs se encontraba perdido en el bosque de piedra que es la capital de la República.

Finalmente decide regresar a su provincia, pero a medida que se acerca al destino algo empieza a trabajar fino en si interior. Es el complejo de la derrota, de la vergüenza del campeón desmoralizado, cubierto por el bochorno de no haber ganado.

Todavía está a 200 kilómetros de su destino y ya oye las risas burlonas de quienes lo conocen. Decide repentinamente, cuando está a 50 kilómetros largarse del tren en marcha. Desde ese momento comienza a vagabunderar, trabajando en los viñedos por nada y en lo que le ordenen.

Renace la necesidad de retornar a Buenos Aires para urgirse en el primero de su categoría y regresar sí luego a Mendoza como campeón argentino. Sin un cobre en el bolsillo se lanza nuevamente al bosque de piedra que tan mal lo trató. Adherido a los ejes de un vagón no dura mucho. Lo atrapa la Policía de Mendoza en un pueblito.

Quince días lo tienen encerrado. Por fin lo ponen en libertad y vuelve a reanudar la marcha a la quimérica metrópoli. Una semana dura el viaje. Una vez entre los ejes de los vagones y otras tendido en el techo. Luego consigue filtrarse en un coche huevero.

El oficial que lo interroga debe ser del grupo de Santo Tomás, de los que quieren ver con los propios ojos para acertar una cosa.

-Hoy vas a comer como Dios manda. Preparate para mañana. Tengo un boxeador medio loco en el calabozo.

Al otro día, ya completamente repuesto, Mario Díaz enfrenta en los fondos de la comisaría a un boxeador detenido por escándalo, a quien el mendocino duerme de un golpe certero.

-¡Muy bien!..-aprueba el oficial convencido-¿Te gustaría pelear con Fulano por dinero?
-Para eso vine a Buenos Aires, para pelear con cualquiera y si es por dinero, mejor.


El sábado siguiente Días es presentado por los bambolleros organizadores del encuentro como "el sensacional campeón mendocino", quien enfrentará al ídolo del club y del pueblo suburbano. El combate se prolonga diez rounds. El mendocino le da una paliza a su rival, pero el match termina empatado.

-¿Cómo, sólo me dan 16 pesos?
-¡Mejor son 16 pesos que 16 patadas en la cabeza!¡Agradecé a todos los santos que no te mandamos al hospital de la otra cuadra!


Esa misma noche, con 16 pesos en el bolsillo, el mendocino entra por segunda vez en Buenos Aires, pero no viene en perdedor.. Al otro día se encamina al semillero de la calle Bouchard, pregunta por alguien y cuando está frente a frente con él en una mesa de café dice:

-Para mí el boxeo no es solamente un medio que me permitirá ganar dinero, ni siquiera lo tomé como deporte; para mí es un arte y usted es el manager que necesito.

Lo que le comenté ocurrió en 1938. Lo que sucedió luego es historia. Mario Díaz se ha convertido en una de las figuras descollante del boxeo profesional argentino. Ademàs es millonario. En 1949 ganó 150.000 pesos limpios de polvo y paja; en 1950 algo así como 250.000; en 1951 otro tanto, amén de los 250.000 que ganó con un vigésimo de Navidad.

Este año (1952) lleva ganado 200.000, tiene una suntuosìsima casa en La Lucila que cuesta 300.000 pesos; una hectárea en Bariloche dónde se dispone a construir una cabaña para refugiarse cuando se retire; además estudio francés, inglés música y le apasionan los libros.